El dolor llegó sin aviso. Mientras Lionel Messi continuaba su carrera en el fútbol estadounidense, la noticia que nadie quería recibir se hizo realidad el sábado 8 de agosto. Jorge Messi, el hombre que fue brújula y mentor de la mejor carrera futbolística de todos los tiempos, dejó de estar. Después de meses de lucha contra una enfermedad, el padre del astro rosarino partió de este mundo, dejando un vacío imposible de llenar. Leo ya lo sabía: su viaje a Qatar 2022 se había completado sin la presencia física de su papá, quien en el último momento canceló su viaje por razones de salud. Pero ahora era diferente. Ahora había que despedirse.
Rosario abrió sus brazos. La ciudad que lo vio nacer, que lo bancó en los peores momentos y a la que siempre volvió, se convirtió en el refugio perfecto para el duelo. Messi no dudó: partió el sábado al mediodía desde Fort Lauderdale en vuelo chárter con su núcleo familiar más cercano. Desde el aeropuerto Islas Malvinas de Fisherton se dirigió directo al cementerio El Prado de Pérez, donde se reunió con sus hermanos. La ciudad entera respetó el hermetismo que la familia consideró necesario. Casi nada se filtró sobre su llegada. Pocos periodistas se acercaron. Los vecinos guardaron distancia. Solo algunos niños, conmovidos por la noticia, dejaron ofrendas en la puerta como muestra de idolatría natural. Rosario entendió que ese era un momento sagrado.
Un círculo íntimo, como debía ser. Estuvieron los que tenían que estar. La familia más cercana, las amistades más importantes. Las lágrimas se derramaron con puertas cerradas, lejos de los flashes innecesarios. Jorge había sido el director de la carrera de Lionel desde Abanderado Grandoli, pasando por Newell's, hasta llevarlo a las grandes ligas y al estrellato mundial. Lo disfrutó desde la distancia durante Qatar 2022, viendo a su hijo jugar desde Malvinas. Y ahora, desde el cielo, seguiría guiándolo. El mismo Leo lo había dicho años atrás: "Sé lo que él disfruta con el fútbol, viéndome jugar, sufriendo muchísimo". Por eso, cuando Gonzalo Montiel convirtió el penal final contra Francia, Messi miró al palco y dijo "ya está", como si supiera que su papá había estado ahí, sufriendo cada minuto, disfrutando cada gol.
El fútbol no se detiene, pero el corazón sí. Mientras la ceremonia transcurría en El Prado, el fútbol argentino rindió homenaje. Rodrigo De Paul, su íntimo amigo, protagonizó un emotivo gesto: se sacó la camiseta 7 del Inter Miami y mostró la número 10 de Messi después de convertir un gol. En todas las canchas del país, más la del equipo de Florida, se llevó a cabo un minuto de silencio. La AFA y el cuerpo técnico de la selección enviaron coronas de flores que fueron vistas llegando al cementerio. A las 8 de la mañana del domingo, los movimientos en El Prado indicaban que el adiós estaba llegando a su fin. Pasadas las 12 del mediodía, el cementerio comenzó a desalojarse. El avión que había traído a la familia partió vacío, listo para el regreso.
De vuelta al refugio familiar. En el barrio cerrado Kentucky, donde la familia Messi se hospeda cada vez que vuelve a conectarse con sus raíces, la vida transcurrió con normalidad. Solo la presencia de una decena de periodistas alteró el paisaje habitual. Pasadas las 15 horas, la comitiva llegó a la casa. Los vecinos sabían dónde vivían los Messi, pero esta vez nadie se acercó a pedir una foto ni a molestar. Todos entendieron que ese era un momento para el silencio y el respeto. Leo se refugió en su círculo íntimo, ese sitio sagrado que le da seguridad, el legado que mamá Celia y papá Jorge le dejaron. Como alguna vez lo dijo: "Siempre estuve rodeado de mi familia, de mis amigos de siempre. Son realmente los que están conmigo y sufren muchísimo cuando no se cumplen los objetivos o pasan cosas feas". Rosario le dio lo que necesitaba: un abrazo silencioso, respetuoso y eterno.







