Un mediodía radiante bañaba las calles de La Bajada, ese barrio humilde del sur rosarino donde nació la leyenda. Pero el silencio pesaba más que el calor. En la icónica casa de Lavalleja, donde todavía vive Matías, el hermano del mejor futbolista de la historia, los murales y homenajes al crack seguían en pie. Sin embargo, quienes pasaban por allí lo hacían con la cabeza gacha, hablando en susurros. Jorge Messi había muerto. El padre que lo acompañó en cada paso, que lo cuidó, que lo representó, que fue su escudo protector en el camino hacia la gloria. Hoy, La Bajada lloraba como propia esa pérdida irreparable.
Leo no dudó ni un segundo. Estaba en Estados Unidos, preparándose para jugar ante Rayados de Monterrey por la Leagues Cup, pero cuando recibió la noticia más dolorosa de su vida tomó un vuelo privado sin vacilar. Aterrizó en Rosario a las 20:44 horas, acompañado por Antonela Roccuzzo y sus tres hijos. Sin parar en nada, se subió a una camioneta rumbo al cementerio El Prado, donde la familia lo despediría en una ceremonia íntima. Pero Jorge también sería llorado en las calles de su barrio.
Las calles de La Bajada se llenaron de gente que no quería perderse la oportunidad de estar cerca. Una madre llegó con su hija adolescente desde cinco cuadras de distancia. Los ojos vidriosos, los labios apretados. "¡Qué genio que era Jorge!", soltó sin que nadie le preguntara. Carlos, el histórico kiosquero de la cuadra que guarda con orgullo fotos de Leo de niño, no necesitaba palabras para expresar lo que sentía. Todos en Rosario, todos en el mundo, sabían lo que Jorge Messi significaba. A los 68 años, después de luchar contra una enfermedad, se nos iba el hombre que había tomado decisiones difíciles, asumido riesgos y administrado conflictos para que su hijo pudiera vivir del fútbol.
La reja de entrada de la casa más famosa del barrio se cubrió de banderas, de mensajes, de amor. Bandera argentina con un texto que atravesaba el pecho: "Leo, hoy no hay palabras que puedan aliviar tu dolor y quizás sientas un vacío imposible de explicar… Llorá, abrazá a tu familia, recordalo. Y algún día, cuando vuelvas a mirar una cancha, puedas sentir que una parte de él siempre va a estar acompañándote. Que descanses en paz, querido Jorge…". Imposible no quebrarse. Una camiseta de Newell's, una estampita de Maradona de su etapa en la Lepra, banderas de Colombia, Perú, Honduras. "Lio, Rosario y el mundo te aman. ¡Fuerza, capitán! Te amamos", se leía en otra. Todos querían abrazarlo. Siempre. Pero hoy más que nunca.
Hace varias semanas que Messi sabía que el estado de salud de su padre era irreversible. Esperaba este final, aunque nunca quiso que llegara. Y eligió atravesar esos días enfocado en lo que más amaba: el fútbol, esa pasión que compartió con su viejo durante décadas. El miércoles pasado metió un doblete en la victoria 4-2 de Inter Miami ante San Luis. ¿Cómo hizo para jugar así, enfocado, brillante, en medio de tanto dolor? ¿Cómo metió ocho goles y cuatro asistencias en un Mundial hace menos de un mes? El fútbol era su mejor terapia. Se preparaba para salir a la cancha este sábado, pero el llamado más triste de su vida cambió todo. Y acá está, en Rosario, con los suyos, despidiendo al hombre que todo lo hizo posible.
Cuando bajó del auto, Messi esquivó a la prensa y a los vecinos que querían abrazarlo, que necesitaban decirle algo, aunque fuera desde la distancia. Ya estaba en el cementerio, con su familia, sufriendo. Y con él, sufría Rosario. Sufría la Argentina. Sufrían millones en el mundo que alguna vez fueron felices gracias a su fútbol. Hoy, el mejor del mundo simplemente era un hijo que perdía a su padre.







