Seis técnicos campeones en otros clubes pero fracasados en Avellaneda. Ese es el retrato más cruel de la decadencia que atraviesa Independiente desde que regresó a Primera División en 2014. Jorge Almirón, Mauricio Pellegrino, Julio César Falcioni, Sebastián Beccacece, Eduardo Domínguez y Ricardo Zielinski comparten un destino amargo: ganaron títulos en otras camisetas, pero no pudieron romper la maldición del Rojo. Ahora Gustavo Quinteros se suma a esa lista de deshonra después de la catástrofe ante Atlético Tucumán.
La goleada 0-4 en octavos de Copa Argentina fue el colofón de un desastre anunciado. Tres derrotas en diez días, un equipo sin identidad y un técnico que llegó al quiebre en la conferencia de prensa posterior. "Yo me hago cargo de la responsabilidad que me corresponde, pero ni estos jugadores ni nosotros como cuerpo técnico lo somos de la continuidad de fracasos de un equipo tan grande como Independiente", soltó Quinteros. Las palabras fueron certeras, pero el momento elegido para pronunciarlas fue la sentencia de muerte. La directiva no tardó en mostrarle la puerta.
Pero la salida de Quinteros no es más que un síntoma de una enfermedad mucho más profunda. En los despachos del club, los dirigentes estaban hartos de los reclamos permanentes del entrenador sobre incorporaciones. En el cuerpo técnico, crecía la frustración por la falta de refuerzos en los puestos considerados clave. En el vestuario, los futbolistas no terminaban de digerir ni la idea de juego ni el trato distante y crítico del DT. Cuando Quinteros decidió sacar del equipo a Rodrigo Rey tras su error contra Platense, el capitán Iván Marcone no se guardó nada: "Las explicaciones de por qué no llegaron refuerzos las tendrán que dar otras personas, y el técnico tendrá que hacer su análisis y su autocrítica". El ambiente estaba envenenado.
La cantera, ese lugar donde debería brotar esperanza, lleva veinte años sin producir jugadores de calidad. En los últimos partidos, Independiente debió recurrir a ocho o nueve juveniles en el banco de suplentes, una evidencia palpable de los cortocircuitos que existen entre los distintos sectores del club. Daniel Seoane, el secretario deportivo, fue claro en La Caldera del Diablo: los problemas económicos son asfixiantes. Pensaban vender jugadores para financiar refuerzos, pero eso no ocurrió. Mientras tanto, el Rojo volvió a comenzar el torneo inhibido por la FIFA, una vergüenza que se repite una y otra vez. Las elecciones de diciembre agravarán aún más el panorama, dejando al club sin rumbo claro en un momento crítico.
Hace treinta años que Independiente gira en una rueda de frustraciones de la que no puede escapar. Carlos Matheu y Eduardo Tuzzio, entrenadores de la reserva, podrían dirigir los últimos doce partidos del Clausura, aunque también suenan nombres como Omar De Felippe y Rubén Darío Insúa para un interinato con experiencia. Pero poco importa quién se siente en el banco si la estructura del club sigue siendo un caos. Quinteros habló de vergüenza, tristeza y dolor en Rosario. Palabras que en el Rojo dejaron de ser novedosas hace mucho. La transformación radical que necesita el club roza lo milagroso, y mientras tanto, la velocidad de la rueda sigue acelerándose.






