La Bombonera fue un espejo de los sentimientos encontrados. Los aplausos a Leandro Paredes y Tomás Aranda contrastaron brutalmente con los silbidos para Sebastián Villa, dejando al desnudo el humor reinante en el club. En ese clima enrarecido, Boca se metió en la Copa Sudamericana con una victoria 1-0 contra O'Higgins bajo la dirección de Rodolfo Arruabarrena, pero sin poder erradicar esa sensación de desconfianza que flota en el aire desde hace tiempo.
El equipo no logró transmitir ese cambio que los hinchas necesitaban desesperadamente para creer en un segundo semestre diferente. La cancha latía, pero lo hacía con un murmullo constante que evidenciaba la incomodidad de estar disputando la Sudamericana como consuelo de quienes quedaron afuera de la Libertadores. O'Higgins, un rival que pisaba por primera vez la Bombonera, no se dejó intimidar por el escenario y comprendió rápidamente que su rival estaba confundido, atrapado en esa urgencia de cambiar una imagen que seguía siendo la de siempre.
Álvaro Montero fue uno de los pocos que dejó señales positivas. El arquero colombiano respondió con una atajada de categoría ante un zurdazo picante de Sarrafiore, mostrando que no le pesaba estar en cancha. Fue el primer pulso de confianza en una apuesta de Juan Román Riquelme, aunque en Boca la palabra certeza hace tiempo que desapareció del diccionario cuando se trata de refuerzos.
Miguel Merentiel fue quien destrancó el partido con un gol que casi se ahoga en la desconfianza colectiva. El delantero uruguayo aprovechó un pase perfecto de Paredes para ganar el mano a mano, pero ni siquiera eso logró generar esa explosión que la Bombonera necesitaba. La tecnología y los antecedentes del VAR con Merentiel dejaron el festejo a mitad de camino. Boca se convirtió en especialista en generar escenarios desconcertantes donde hasta las conquistas pierden brillo.
Después del gol, el equipo desactivó a O'Higgins y controló la pelota, aunque sin convencer. Los hinchas aplaudieron algunos arranques de Leonel Flores y Milton Delgado, marcando diferencias generacionales, pero también volvieron a esa sensación de fragilidad mandibular que caracteriza al equipo. La revancha en Chile la próxima semana se perfila inquietante. Boca se fue del partido con los tres puntos pero sin la tranquilidad que debería acompañar a una victoria. La Bombonera habló claro: la desconfianza sigue intacta, y ni siquiera ganar logra erradicarla.






