Con los botines aún atados y la medalla de plata colgando del cuello, Lionel Messi se desmoronó en el césped del estadio de Nueva York/Nueva Jersey. La imagen de su probable despedida mundialista quedará grabada para siempre: el capitán argentino llorando desconsolado mientras los hinchas le hacen la reverencia, coreando su apellido sin parar de revolear sus remeras. Unos minutos antes, el mismo Leo que días atrás había vivido quizás la victoria sentimental más importante de su carrera ante Inglaterra, ahora contemplaba cómo se le escapaba el sueño en una final que fue cuesta arriba desde el primer minuto hasta el último.
La Selección Argentina enfrentó a España en una batalla que le exigió todo, pero nadie podrá criticar a un grupo que reconfiguró la forma de competir y llevó al capitán a una impensada repetición de finales mundiales en su último tango. Messi intentó hasta el agotamiento físico, ya golpeado por su tercer alargue en cinco duelos de eliminación directa. No se sacó la cinta de capitán en ningún momento y dio la cara pidiendo la pelota constantemente, enseñándole a toda una generación que se había desenamorado de la Selección cómo nunca hay que bajar los brazos.
A los 39 años, el rosarino fue protagonista de una demostración de perseverancia sin igual. Convirtió ocho goles y dio cuatro asistencias en el torneo, demostrando que el idioma de la pelota es universal y que él lo habló mejor que nadie durante los últimos 20 años. Su estadística en esta final fue dura de digerir: en los primeros 45 minutos apenas tocó quince balones, solo por delante de Julián Alvarez con ocho. España ejecutó un plan sistemático para cortarle el juego con faltas rápidas, generando la frustración de los argentinos que le reclamaban constantemente al árbitro esloveno Vincic.
En el segundo tiempo, el aislamiento de Messi se profundizó aún más. Con apenas catorce toques de balón, aunque con un alto porcentaje de efectividad, nunca encontró el espacio donde recibir para lastimar. Sin embargo, en el primer tiempo suplementario se encendió con una acción de cantera: peleó una pelota desde el piso y habilitó con el revés del pie al espacio para Giuliano Simeone, intentando lo imposible. Quedará para la historia esa gambeta inoxidable levantando la pelota contra Pedri en la banda derecha, uno de esos cruces generacionales que definieron esta final. También ese centro que cayó en el techo del arco de Unai Simón, cuando todavía había esperanza.
El gol de Ferran Torres fue el golpe letal que selló el destino. Messi cierra su historia mundialista con 34 partidos, tres finales y un título, pero su verdadero legado trasciende cualquier estadística. Es una forma de ver y entender la vida que se parece mucho al fútbol: nunca rendirse, siempre intentar, seguir de pie aunque duela. Sus lágrimas en el césped son las lágrimas de una generación entera que volvió a creer. Gracias, Leo. Nos hiciste muy felices. Descansá, que lo tenés más que merecido.

